Me parece vergonzoso -Por Oriana Fallaci

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Oriana Fallaci (1929-2006)

Excelente artículo de la brillante periodista italiana Oriana Fallaci, en 2002, durante la Segunda Intifada como respuesta al apoyo de la izquierda revolucionaria a los islamistas palestinos:

“Me parece vergonzoso que en Italia se haga una manifestación en la que unos individuos, vestidos de kamikazes, corean injurias infames contra Israel, levantan fotos de líderes israelíes en cuyas frenteshan  dibujado la  esvástica, incitan al pueblo a odiar a los judíos. Y que con tal de ver a los judíos en los campos de exterminio, en las cámaras de gas, en los hornos crematorios de Dachau y de Mathausen y de Buchenwald y de Bergen-Belsen, etcétera, venderían a su propia madre a un harem.

Me parece vergonzoso que la Iglesia Católica permita que un obispo que vive en el Vaticano, un hombre piadoso que fue encontrado  en Jerusalén  con  armas y explosivos escondidos en el compartimiento  secreto de su sagrado Mercedes Benz, participe en esa manifestación y se ponga delante de un micrófono para dar las gracias, en nombre de Dios, a los kamikazes que masacran judíos en las pizzerías y en los supermercados.  Llamándolos “mártires que van a la muerte como quien va a una fiesta”.

Me parece vergonzoso que en Francia, la Francia de la Libertad- Igualdad- Fraternidad, quemen sinagogas, aterrorizan a los judíos,  profanen sus cementerios. Encuentro vergonzoso que en Holanda y en Alemania y en Dinamarca, etcétera,  los jóvenes hagan alarde del kaffiah igual que la avant gard de Mussolini lo hacía con la porra y su insignia fascista. Encuentro vergonzoso que, en casi todas las universidades europeas, los estudiantes palestinos patrocinen  y alimenten el antisemitismo. Que en Suecia pidieran que el  Premio Nobel de la Paz otorgado a Shimon Peres en 1994 le sea retirado y conferido a la  paloma de la paz con el ramo de olivo en el pico, es decir a Arafat.  Me parece vergonzoso que distinguidos miembros del Comité, un Comité que (al parecer ) premia el color político en lugar del mérito, hayan tomado en consideración la demanda y piensen llevarla a cabo. Al infierno el Premio Nobel y honor a quien no lo recibe.

Me parece vergonzoso (estamos otra vez en Italia) que los canales de televisión del estado  contribuyan al  resurgimiento del antisemitismo, llorando sólo a los muertos palestinos, silenciando los muertos israelíes, hablando de una forma veloz y muy a menudo con un tono distraído de ellos. Encuentro vergonzoso que en los debates acojan con mucho respeto a canallas con turbante o con el kaffiah  que ayer festejaban la matanza de Nueva York  y que hoy festejan las de Jerusalén, Haifa,  Netanya, Tel Aviv.
Me parece vergonzoso que la prensa haga lo mismo, que estén indignados porque en Belén los tanques israelíes rodeen la iglesia de la Natividad y que no estén indignados porque en la misma iglesia 200  terroristas palestinos bien armados con proyectiles y explosivos (y entre ellos varios jefes de Hamas y Al-Aqsa) sean indeseados huéspedes de los curas (que luego aceptan de los militares de los tanques botellas de agua mineral y  tarros de miel). Me parece vergonzoso que al dar el  número de muertos judíos desde el  inicio de la Segunda Intifada, (412), un conocido diario consideró apropiado poner en letras mayúsculas que habían muerto más personas  en accidentes de tránsito (600 por año).

Me parece vergonzoso que el “Osservatore Romano”,  el diario  del Papa, un Papa que hace poco  dejó en el Muro de los Lamentos una carta de perdón a los judíos, acuse de extermino a un pueblo que fue exterminado por millones por cristianos. Por europeos. Me parece vergonzoso que este diario le niegue a los sobrevivientes de ese pueblo, sobrevivientes  que todavía  tienen tatuados los números en sus brazos, el derecho de reaccionar, de defenderse, de no ser nuevamente exterminados. Me parece vergonzoso que en nombre de Jesucristo (un judío sin el cual todos ellos estarían seguramente desempleados) los curas de nuestras parroquias o centros sociales, o lo que sean, estén de amores  con los asesinos de aquellos que, en Jerusalén, no puede ir a comer pizza o a comprar huevos sin ser víctimas de una explosión. Me parece vergonzoso  que estén del lado de los mismos que inauguraron el terrorismo matándonos en los aviones, en los aeropuertos, en las Olimpiadas y que hoy se divierten matando periodistas occidentales fusilándolos,  secuestrándolos, cortándoles la garganta,  decapitándolos. (Hay alguien en Italia que, después de la publicación de “La Rabia y el Orgullo”,  quiere hacer lo mismo conmigo. Citando los versos del Corán anima a sus “hermanos”  en  las mezquitas y  en la Comunidad Islámica,  a castigarme en nombre de Alá. A matarme. O mejor, a morir conmigo. Y como es un tipo que  conoce muy bien el inglés, en inglés  le contesto:”Fuck you”).
Me parece vergonzoso que casi toda la izquierda, esa izquierda que hace veinte años permitió que una de sus manifestaciones pusiera un ataúd (cual advertencia mafiosa) delante de la sinagoga de Roma, se olvida de la  contribución hecha por  los judíos en la lucha antifascista.   La contribución de Carlo y Nello Rosselli, por ejemplo; de Leone Ginzburg,  de Umberto Terracini,  de Leo Valiani,  de Emilio Sereni; de  mujeres como mi amiga Anna María Enriques Agnoletti, que fue  fusilada en Florencia el 12 de junio de 1944.  Se olvide de la contribución de 75  de las 335 personas asesinadas en la Fosas Ardeatinas; de  la cantidad infinita de muertos bajo  tortura, en combate o delante de los pelotones de fusilamiento.  (Mis compañeros, mis maestros de infancia y de mi  primera juventud).

Me parece vergonzoso que también por culpa de la izquierda, o mejor dicho sobretodo por culpa de la izquierda (piensen  en la izquierda que inaugura sus congresos aplaudiendo al representante de la OLP, líder en Italia  de los palestinos que quieren la destrucción de Israel) los judíos en  las ciudades italianas tengan, otra vez, miedo. Y en las ciudades francesas y holandesas y danesas y alemanas, etc., es lo mismo. Me parece vergonzoso que los judíos tiemblen de miedo cuando pasan los canallas vestidos de  kamikaze, igual que temblaban en Berlín  la Noche de los Cristales Rotos, es  decir, la noche en la que Hitler declaró  “temporada abierta” para la caza del judío.
Me parece vergonzoso que, obedeciendo a la estúpida, ruin, deshonesta y para ellos ventajosa moda de lo Políticamente Correcto, los oportunistas de siempre, mejor dicho los parásitos de siempre, exploten la palabra “paz”.  Que en el nombre de la palabra “paz”, ahora más pervertida  que las palabras “amor” y “humanidad”, absuelvan a un sola parte del  odio y la bestialidad.  Que en nombre del pacifismo (léase conformismo) permitan a los grillos cantores  y a los bufones que antes lamían los pies de Pol Pot,  incitar a la gente ingenua, confundida o intimidada. Que la engañen, la corrompan, la lleven medio siglo atrás, a los tiempos de la estrella amarilla en el abrigo. Estos charlatanes que se preocupan por los  palestinos lo mismo que yo me preocupo por los charlatanes. Es decir, nada.

Me parece vergonzoso que tantos italianos y tantos europeos hayan elegido como su abanderado al señor (por decirlo cortésmente)  Arafat. Este don nadie  que gracias al dinero de la Familia Real Saudita  juega a ser Mussolini a perpetuidad  y que, en su megalomanía, cree que pasará a la historia como el George Washington de Palestina. Este inculto que cuando lo entrevisté ni siquiera fue capaz de armar una frase completa, de sostener una conversación articulada.  Al transcribir la entrevista para su publicación tuve que hacer un esfuerzo tan grande que llegué a la conclusión de que, comparado con él, hasta Gadafi sonaba como  Leonardo da Vinci. Este falso guerrero que anda  siempre en uniforme como Pinochet, que nunca se pone un traje civil,  y que en toda su vida nunca participó  en una batalla. La guerra  la manda a hacer, siempre la ha mandado a hacer, a los demás. A  los pobres idiotas que creen en él. Este pomposo incompetente  que, actuando  como si fuera  un jefe de estado, ha hecho naufragar los acuerdos de Camp David, la mediación de Clinton: “No-no-Jerusalén-la-quiero-toda-para-mí.”  Este eterno mentiroso que sólo tiene un destello  de sinceridad  cuando (en privado) niega siempre el derecho de  Israel a existir, y que, como digo en mi libro, se contradice cada cinco segundos. Siempre está engañando, miente incluso cuando le preguntas qué hora es, así que nunca puedes confiar en él.  ¡Nunca! Con él acabas sistemáticamente traicionado. Este eterno terrorista que sólo sabe ser un  terrorista (eso sí, sin  arriesgar su pellejo) y que cuando tenía cerca de  setenta años, es decir cuando lo entrevisté, todavía entrenaba a los  terroristas de la Baader-Meinhof. Con ellos, niños de diez años de edad. Pobres niños. (Ahora los entrena para  convertirlos en atacantes suicidas.  Cien niños-kamikazes están entrenándose para morir: ¡cien!) Este canalla que mantiene a su  esposa en Paris, atendida  y reverenciada como una reina, y mantiene su pueblo en la mierda. Lo saca de la mierda sólo para mandarlo a morir, para  matar o para  morir.  Como las chicas de 18  años que,  para tener igualdad con los hombres,  tienen que amarrarse explosivos y desintegrarse con sus victimas. Este presunto revolucionario que, a su propio pueblo, nunca le ha dado una pizca de democracia. No hablo de la verdadera democracia que disfrutan los israelíes. Quiero decir ni una diminuta pizca de democracia. Y sin embargo muchos italianos lo aman, sí. Exactamente como amaban a Mussolini. Y muchos otros europeos también.

Me parece vergonzoso. ¡Sí!  Y  veo en todo esto el surgimiento de un nuevo fascismo, un nuevo nazismo. Un fascismo, un nazismo, más siniestro y despreciable porque está dirigido y alimentado por aquellos que, hipócritamente,  posan como  bienhechores, progresistas,  comunistas,  pacifistas, católicos, mejor dicho  cristianos, y que tienen el coraje de etiquetar como belicista a cualquiera que, como yo,  grita la verdad. Que como yo siempre gritaron contra la guerra. Tanto como ellos jamás podrían hacerlo. Veo  la aparición de un nuevo demonio. Sí. Y digo lo siguiente. 


Nunca he sido tierna con la  trágica y shakesperiana figura de  Sharon. “Se que ha venido a agregar un nuevo cuero cabelludo a su collar”,  murmuró  casi con tristeza cuando fui a entrevistarle en 1982.  Frecuentemente tuve desacuerdos con los israelíes, horribles, y en el pasado he  defendido mucho  a los palestinos. Tal vez  más de lo que se merecían.


Pero estoy con Israel, estoy con los judíos. Lo estoy como lo estuve cuando era joven, durante el tiempo que luché con ellos, cuando  Anna María murió fusilada  Defiendo su derecho a existir, a defenderse,  a que no sean  exterminados por segunda vez. Y disgustada por el antisemitismo de tantos italianos, de tantos europeos, me averguenzo de esta vergüenza que deshonra a mi país y a Europa. En el mejor de los casos, Europa no es una Comunidad de Estados, sino un pozo de Poncios Pilatos.


Y aunque todos  los habitantes de este planeta pensaran de otra manera, yo seguiré pensando así.”

© Oriana Fallaci